NUESTROS CURSOS DE REIKI

Cursos On-Line de La Brújula Ancestral:

OTROS CURSOS

Otros cursos

miércoles, 19 de octubre de 2016

Mikao Usui


HISTORIA NOVELADA DEL DESCUBRIMIENTO DE REIKI

Hay momentos que cambian la vida de las personas, y casi nunca somos conscientes de cuando ocurre.

MIkao Usui. Descubridor de Reiki
Mikao Usui


        A finales del siglo XIX el doctor Mikao Usui era profesor en un seminario cristiano de Kioto. Un día uno de sus alumnos le preguntó:

- Doctor Usui usted nos ha enseñado las historias de la Biblia, los preceptos cristianos, no ha preparado para enfrentarnos al mundo y para predicar. Pero nunca nos ha enseñado cómo curar a los ciegos o a los lisiados como lo hizo Jesucristo. ¿Por qué? ¿Podría enseñarnos algún pasaje de la Biblia donde podamos aprender esto?

         El Dr. Usui, obligado por el código de honor japonés, le contestó:

- No puedo enseñarte cómo curar las enfermedades, pues ni siquiera yo sé hacerlo.
Conozco la Biblia, pero no sé de ningún lugar en el que se describa cómo curaba Cristo. Pero tu pregunta es muy buena y merece una respuesta. Voy a investigar sobre esto y a buscar esa respuesta.

         Y ése fue el momento que cambió su vida embarcándose en un viaje que le llevaría diez años de su vida y con el que acabaría poniendo las bases del Reiki tal y como hoy le entendemos.

Entonces el Dr. Usui empezó su investigación en la biblioteca del seminario donde impartía clases. Pasó muchas horas leyendo los libros que pensaba que podían darle la respuesta para su alumno. A la postre, después de pasar días sentado en aquellas duras sillas de biblioteca y de haberse dejado los ojos de tanto leer, adoptó aquella pregunta como suya propia y se propuso ampliar su investigación hasta encontrar la respuesta a cómo curaba Jesús.

         Según una versión de la historia, habló con otro maestro del seminario de Kioto sobre la pregunta de su alumno y de la frustración que le causaba no encontrar fuentes de información. Su amigo le sugirió viajar a Estados Unidos, el cristianismo llegó a Japón desde allí, para investigar en las bibliotecas de aquél país. Usui pensó que era una excelente idea y fue a Chicago.

Estudio en la universidad de esa ciudad durante varios años con los mejores maestros de religión, pasó muchas horas en la biblioteca estudiando el origen del cristianismo y aprendió muchas cosas, pero no encontró la respuesta.
        
         Un día le confió a un amigo su tremenda tristeza y él le dio una curiosa respuesta: “El budismo es más antiguo que el cristianismo. (Siddhata Gautama, Buda, vivió del 620 al 543 a.C.) Tal vez la práctica de la curación haya sido enseñada en algún momento de su historia. Si así fue, tal vez encuentres la respuesta investigando en los templos budistas de tu país”.

         El Dr. Usui analizó esta idea. Tras muchos años de estudio en Estados Unidos, aunque había aprendido mucho, no estaba más cerca de encontrar la respuesta que cuando su propio alumno le hizo la pregunta. Sus esfuerzos no habían dado resultado. Era hora de volver a casa.
        
Otra versión sostiene que Usui no estuvo en los Estados Unidos y que todo eso fue añadido posteriormente para dar más credibilidad al Reiki en el mundo occidental y así poder ser aceptado más fácilmente.

         Siguiendo la pista de las sanaciones de Buda, Usui viajó a la India y a Tíbet donde continuó con su búsqueda en monasterios budistas. Estudio los sutras indios, chinos y tibetanos. Los monjes le dijeron que el hombre tuvo la facultad de sanar el cuerpo en épocas pasadas, pero que ese conocimiento se había perdido porque en los monasterios se habían orientado sólo hacia la sanación espiritual, dejando de lado el cuerpo físico.

         Posteriormente volvió a Kioto y retomó la búsqueda. En esa ciudad nipona había diecisiete templos budistas y los visitó uno por uno haciendo siempre la misma pregunta:

- ¿Enseñáis vosotros a curar de la misma forma como lo hacían Buda y Cristo?
         En el último templo al que fue uno de los monjes con los que habló le dio una respuesta diferente a la de los demás:

- No, ya no.

         ¿Qué significaba eso?

- ¿Dices que ya no enseñáis a curar? ¿Quiere eso decir que en el pasado sí lo hacíais?

         El monje respondió:

- Sí, alguna vez lo hicimos, pero ya no, hemos perdido ese conocimiento.
        
         Muchos años habían pasado desde que el Dr. Usui comenzara su búsqueda y nadie le había dado nunca la más mínima pista. Y ahora, de pronto, tenía frente a él una ligera esperanza. “Si alguna vez esa curación fue posible, puede serlo de nuevo”, pensó. Solicitó entrar en dicho monasterio y pidió permiso para estudiar los libros y pergaminos de la biblioteca.

Los monjes le dieron la bienvenida invitándolo a unirse a la comunidad y estudiar cuanto quisiera.

         Inmediatamente Usui se fue a vivir al monasterio y su vida fue la de un monje más. El tiempo que no estaba en la biblioteca, lo pasaba meditando, rezando y ayunando. Pasaron los años, leyó todos los libros que estaban en japonés y en inglés, pero no podía entender los que estaban escritos en sánscrito. Finalmente decidió aprender ese idioma para poder terminar su investigación.

         Pronto empezó a entender palabras sueltas, luego frases y oraciones. Paulatinamente los pergaminos empezaron a revelar sus secretos. Mucho le resultaba conocido por haberlo leído en japonés o en inglés. Un día se topó con un pergamino que describía un proceso de curación que no se parecía en nada a cuanto había encontrado hasta ese momento.

Escritos en sánscrito, en tinta ya borrosa y sobre un pergamino excesivamente frágil, ciertos pasajes describían cómo llamar a Dios, la fuerza vital universal, para curar a través de las manos humanas. Estos rituales utilizaban símbolos, hermosos, simples y primitivos, parecidos a los que los hombres habían pintado en las paredes de las cuevas milenios antes, otros eran más modernos, elegantes y complejos, derivados del chino y del japonés, que tal vez fueran registrados por el último monje budista que aprendió de un maestro los secretos de este método de curación.

         El Dr. Usui se dio cuenta de lo que había descubierto, la respuesta a la pregunta, el método de curación que utilizó Jesucristo para curar a los ciegos y sanar a los enfermos, el mismo método que Buda ya había utilizado anteriormente para curar, y tal vez también otros maestros cuyos nombres no llegaron a la posteridad.

Era una enseñanza sagrada de gran importancia e inmenso valor para el mundo. ¿Debía entregársele al mundo “civilizado” este conocimiento al mismo tiempo que ese mundo estaba olvidando los valores espirituales? ¿Acaso esa enseñanza había sido olvidada porque el mundo ya no la merecía y debía permanecer en la oscuridad en la repisa de la biblioteca de un monasterio?

Usui sabía que hay un tiempo para cada cosa, si había descubierto esos pergaminos perdidos, tal vez se debiera a que había llegado el momento para que el mundo fuese curado. Pero Usui no se sintió capacitado para tomar una decisión tan importante él solo.

         Fue a pedir ayuda al abad del monasterio y le explicó lo que había encontrado. El abad se mostró complacido con el descubrimiento, pero compartió con Usui sus dudas sobre si había que revelarlo al mundo. Necesitaban la ayuda divina. Ambos decidieron meditar, ayunar y rezar esa noche y volver a encontrarse a la mañana siguiente.

         Se reunieron al amanecer. El abad le sugirió a Usui que realizara una peregrinación a la montaña sagrada, el monte Kurama, que meditara, ayunara y rezara durante veinte días pidiendo a Dios una visión. Sólo mediante esa visión, tendría Usui la certeza de si debía revelar o no el conocimiento recién descubierto.
Aquella misma mañana Usui se marchó a la montaña dejando indicado a un muchacho que atendía el monasterio. “Voy al monte Kurama a meditar, ayunar y rezar durante veinte días. Si por la noche del día veintiuno no he vuelto, di a alguien que vaya a buscar mis huesos, pues seguramente estaré muerto”.

El niño asintió con la cabeza, y el doctor empezó su camino, tras largo tiempo llegó al pie de la montaña y empezó a subir. Tras largos esfuerzos llegó a la cima.

         Busco 21 piedras y las amontonó junto a él. Se sentó en el suelo duro y frío y comenzó su meditación, ayuno y oraciones. Día tras día permaneció sentado y sin moverse, excepto para separar una piedra del montón cada mañana. Así llevaba la cuenta de los días que le quedaban por estar ahí.

Llegó un momento en el que sólo le quedaban unas pocas piedras. Débil por el hambre y entumecido por la falta de movimiento al pasar tanto tiempo sentado en la misma posición, incluso las pequeñas piedras le parecían pesadas. Dudó de que tuviera una visión. Pensó que seguramente iba a morir.

         Finalmente, justo antes del amanecer del día veintiuno quitó la última piedra, su mano temblaba por el esfuerzo. No había tenido ninguna visión, y se preguntaba si podría ser capaz de hacer el viaje de vuelta al monasterio. Intentó enfocar su mirada hacia el horizonte cuando el sol empezaba a levantarse. El primer rayo de sol le golpeó como una luz dorada. El golpe fue tan fuerte que cayó de espaldas y sus ojos quedaron cegados por la luz, pero incluso con los ojos cerrados podía seguir viéndola.

         Demasiado débil para moverse y sin poder protegerse de la luz, se rindió ante su poder… y entonces le llegó la visión. Comenzó a ver una intensa luz brillante flotando hacia él, hecha de centenares de burbujas de luz, de la misma forma que un río está hecho de millones de gotas de agua. Cada una de las burbujas de luz tenía los colores del arco iris y todas resplandecían con su iridiscencia.
Se dirigieron hacia él, y en cada de ellas pudo leer lo que estaba escrito en los pergaminos en sánscrito. Y vio los símbolos de Reiki en ellas. Al comprender lo que estaba viendo, las burbujas se volvieron de nuevo de un color dorado brillante y después blanco, para finalmente estallar vertiendo su energía en él. Una y otra vez las burbujas fluían hacia él, hasta que el flujo disminuyó y luego suavemente cesó.

Con cada símbolo recibió la información sobre la forma de usarlos para activar la Energía Universal sanadora. Así tuvo lugar la primera sintonización Reiki, que fue la de Mikao Usui, al que de esta manera le fueron revelados los métodos de esta técnica ancestral.

         El Dr. Usui abrió los ojos y vio el brillante sol del mediodía. Se levantó del suelo lleno de fuerza y felicidad. Había sido bendecido con una visión, y se sentía fuerte y revitalizado. Éste fue la primera curación, para algunos milagro, atribuida al Reiki, se sintió de pronto bien y su debilidad desapareció, después de haber estado veintiún días en ayuno y meditación. El Dr. Usui había alcanzado el estado de Satori.

         Ansioso por compartir la experiencia de su visión y comenzar a trabajar en la enseñanza de este antiguo método de curación, bajó corriendo de la montaña, algo nada aconsejable. Al cabo de unos minutos se hirió un dedo del pie con una piedra del camino arrancándose de paso la uña del mismo, lo que hizo que brotara sangre.

Hizo lo mismo que cualquier otra persona haría, cogerse el dedo herido con la mano. Pronto se dio cuenta de que el dolor estaba remitiendo, un momento después había desaparecido y la sangre había dejado de brotar. El dedo estaba curado. Éste es la segunda curación atribuida al Reiki.

         Continuó bajando de la montaña, ahora ya con más precauciones. Al cabo de un rato de ejercicio, su cuerpo empezó a pedir alimento después de tanto tiempo de ayuno forzado, y decidió buscar un sitio donde poder comer. Miró alrededor y vio un banco con un trapo rojo, lo cual es una señal de hospitalidad para los viajeros en Japón, así que decidió sentarse y esperar.
Al poco tiempo apareció una niña preguntándole si tenía hambre. Era bonita, pero tenía cara hinchada y deformada, envuelta en un pañuelo.

El Dr. Usui le dijo:

- Me haría muy feliz un poco de comida, pero primero dime, ¿por qué llevas ese pañuelo en la cara? ¿Estás bien?

- Me duelen mucho las muelas. Kioto está muy lejos y mi padre no puede pagar un dentista.

- ¿Puedo ver dónde te duele? ¿Puedo tocar?

La niña señaló la zona donde se localizaba el dolor. El Dr. Usui amablemente puso su mano sobre ese punto.

Al cabo de un momento la niña dijo:

- Su mano está muy caliente, señor - y cerró los ojos disfrutando de la suave sensación que le proporcionaba aquel calor radiante. De pronto los volvió a abrir sorprendida. ¡El dolor había desaparecido!

El Dr. Usui sonrió y retiró su mano lentamente.

-¡Mi dolor de muelas ha desaparecido, esto tiene que saberlo mi padre, venga conmigo, buen monje, venga!

         El alivio del dolor de muelas de esta niña es la tercera curación atribuida al Reiki. La cuarta curación sucedió cuando el Dr. Usui se sentó a comer con aquella gente y le sirvieron una comida picante y especiada. Después de un ayuno prolongado el cuerpo humano no está preparado para ingerir grandes cantidades de comida, y desde luego menos aún picantes y especias. Sin embargo, el Dr. Usui pudo comerla sin problemas y se sintió fuerte. No se había debilitado en absoluto.

         Después de comer se despidió de la niña y de su padre y continuó su largo viaje de regreso al monasterio en Kioto. Se sentía lleno de salud, y empezó a pensar cómo podía llevar esa saludable energía a todas las personas. ¿Debía vagabundear confiando en que sus pasos serían guiados hacia quienes más necesitaran de esta energía? ¿O debía establecer en un lugar fijo y esperar a que la gente fuera a él?

         Cuando finalmente llegó al monasterio estaba ansioso por hablar con su abad, contarle su visión y pedirle consejo. Vio al muchacho que atendía el monasterio y le dijo: “no hay necesidad de que mandes a nadie a por mis huesos, estoy bien”. El niño se fue corriendo a dar la noticia. Un monje salió del monasterio para darle la bienvenida. Usui le agradeció sus palabras y le preguntó si podía ver al abad. El monje le respondió que el abad estaba indispuesto; en ese momento estaba con los pies en agua caliente intentando aliviar los dolores de la artritis.

         El Dr. Usui pidió que lo llevaran con él. Una vez en el cuartito de la parte trasera del monasterio donde estaba el abad, el doctor se inclinó para saludarlo y se sentó a su lado. Le pidió permiso para poner las manos sobre sus doloridos pies y hablarle.

La energía curativa funcionó suavemente mientras ellos hablaban. Se pasaron horas conversando y reflexionando sobre la responsabilidad encomendada.

Finalmente, el abad le dio las gracias por haberlo curado y le sugirió que pasaran la noche rezando y meditando. A la mañana siguiente continuarían su conversación.

         Y así fue como a la postre, decidieron que el Dr. Usui comenzaría a dar al mundo la energía del Reiki en una zona de Kioto que parecía necesitar de mucha curación: la ciudad de los mendigos. La ciudad de los mendigos de Kioto era como una zona de la ciudad de Nueva York gobernada por la mafia. Todo el que trabajaba en esa área era obligado a pagarle “protección” al rey de los mendigos. Viniendo de un monasterio, Usui no tenía una idea muy clara de dónde se iba a meter.

         Tan pronto como entró en la ciudad de los mendigos, fue abordado por dos de ellos.

- Danos el dinero -dijo uno.
- Danos tu ropa -dijo el otro.
- No tengo nada que daros, y no tengo más ropa que la que llevo puesta. No tengo nada para vosotros. - Los mendigos fruncieron el ceño y uno de ellos se abalanzó sobre él.- Pero traigo un regalo para el rey de los mendigos-dijo el Dr. Usui.
- ¿Qué regalo? ¡Dánoslo a nosotros!
- No, sólo se lo puedo dar a él. Estoy seguro de que le gustará y, tal vez, incluso os recompense por llevarme ante él.

Los dos mendigos lo discutieron entre ellos durante un momento y finalmente decidieron llevar a Usui hasta el rey de los mendigos. Cuando por fin llegaron a su presencia le quitaron la venda que le habían puesto en los ojos.

- Entiendo que traes algo para mí -dijo el rey de los mendigos.
- Traigo un regalo para ti y para todos los mendigos: el poder de la curación.
- ¿Cómo? ¡Ése no es el tipo de regalo que yo esperaba! ¿Para qué nos sirve eso a mí o a los mendigos?
- Es un regalo que te dará sentirte fuerte y bien.

         El rey pensó que nunca hubiera llegado a ser rey de los mendigos sin contar con salud y ser lo suficientemente astuto.

- No le veo ninguna utilidad para mí, pero tal vez a los mendigos les guste; puedes trabajar en la ciudad de los mendigos bajo mi protección.
- Gracias -repuso Usui.
- Pero no debes andar así vestido. –replicó el rey- Si vas a vivir entre los mendigos, debes vestir como un mendigo.
- Me vestiré como mendigo, pero no voy a mendigar. Mi trabajo es curar. ¿Me darás tú de comer?

         El rey se mesó la barba y repuso:
- Podrás quedarte con las sobras de mi mesa. Eso te bastará.
- Entonces voy a comenzar con mi trabajo –dijo el Dr. Usui.

         Y así fue cómo empezó a dar tratamiento a los mendigos. Día tras día anduvo entre ellos ofreciendo curación allí donde hubiera dolor. Todos los mendigos que tocaba sintieron el poder de aquella energía de sanación. Pronto fueron muchos los que lo buscaban cada día. Y así los días se convirtieron en semanas, y éstas en años. Los mendigos comenzaron a sentirse bien y algunos de ellos incluso abandonaron la ciudad de los mendigos, aunque la población de la ciudad nunca bajaba porque siempre llegaban mendigos nuevos.

         Un día fue a ver a Usui un mendigo cuyo rostro le parecía conocido, por lo que le preguntó mientras ponía sus manos sobre los sucios harapos:

- ¿Nos conocemos ya?
- Oh, sí, Dr. Usui, claro que me conoce. Yo soy uno de los primeros mendigos que usted curó.
- ¿Por qué has vuelto aquí? –le preguntó Usui-. Te curé para que te pudieras marchar de la ciudad de los mendigos e iniciaras una nueva vida. ¿Lo hiciste?
- Sí, lo hice –respondió el mendigo-, pero tener que trabajar todo el día para poder vivir y llegar a casa cansado por la noche y tener que ponerme entonces a prepararme la comida y así un día tras otro es muy pesado. Eso no es para mí. Es mucho más fácil ser mendigo.

         El Dr. Usui levantó entonces las manos y se alejó del mendigo. Se sintió muy triste y desilusionado. Al analizar las razones de este desinterés en volver a integrarse en la sociedad, comprendió que solamente había curado el cuerpo físico, pero no la parte espiritual, ya que no había conseguido enseñarles la gratitud y el sentido de responsabilidad de su propia existencia.

De esta manera Usui tomó conciencia de la importancia del intercambio de energía y llegó a la conclusión de que todo acto recibido exige una contrapartida del receptor que otorgue valor a lo recibido.

Nunca más ofrecería la energía curativa de forma gratuita. Todo aquél que la recibiera debería valorarla. Decidió dejar de trabajar en la ciudad de los mendigos.

         Y se alejó del sorprendido mendigo y de todos los demás mendigos que lo miraban boquiabiertos y abandonó la ciudad de los mendigos para nunca más volver a ella. Luego se dirigió al centro de Kioto y se detuvo en una esquina, manteniendo alzada una enorme antorcha, cuya silueta se dibujaba contra el cielo del mediodía. Y gritando se dirigió a la multitud que pasaba:

- ¡Quien quiera ser curado y sentirse bien, y esté dispuesto a pagar por ello, que venga a mí!

         Estaba dispuesto a curar a todo aquél que valorara la curación que recibía. Aunque parecía un loco, con su flamante antorcha sostenido en lo alto como para tocar el sol, la gente escuchó su mensaje y fue a él. Mucha gente fue a él y todos fueron curados y se sintieron contentos de pagarle por su trabajo y lo valoraron, agradecidos de poder seguir con sus vidas sin dolores.


3 comentarios:

  1. Es justo pagar por un bien o servicio recibido pero cuidando no lucrar con la fe y los dones dados por Dios,maestros,angeles o como los conozcan

    ResponderEliminar
  2. Es justo pagar por un bien o servicio recibido pero cuidando no lucrar con la fe y los dones dados por Dios,maestros,angeles o como los conozcan

    ResponderEliminar
  3. Tienes razón en lo que dices.
    Pero también has de entender que Reiki no es un don, sino algo que se aprende, como las Matemáticas, el Derecho o la Arquitectura.
    Un saludo.

    ResponderEliminar